Caligrafía de serpiente
Callate y Comé (cap. 9)
¿Qué soñarán los remiseros cuando están en coma? La familia de Roberto mira puntos fijos en la sala de espera. Miro al primogénito: parece tranquilo. Tiene más agujeros que piercings, pero no todos son visibles. Me pregunto cuánto tardará en sacarse todo eso para concretar una resonancia. ¿No le pesan los tres kilos de metal que le cuelgan de la cara? Sus orejas se estiran hacia abajo formando la cara del Grito de Munch. Quizás no le pesen los piercings, pero sí le va a pesar hacerse cargo de la familia. Todo lo que gasta en tatuajes va a tener que gastarlo en sus hermanitos. Ese diverso grupo de Oompa Loompas que recorren la sala como hormigas escapando de un hormiguero recién pisado.
Me doy cuenta de algo: Roberto manejaba el auto, pero no manejaba la familia. La hormiga reina (su esposa) está sentada con un bebé en brazos. Probablemente un nieto, probablemente el hijo del primogénito agujereado. Alguna vez, un puntero de Solano me dijo que en las crisis, los hombres pierden el orgullo y las mujeres encuentran entereza.
Jaime coquetea con la culpa: ¿Matamos a Roberto?
—Deberíamos decirles a los médicos lo que le dimos —me dice mi amigo—. Quizás ayude a que entiendan lo que le está pasando.
—No tenemos idea qué le dimos —le contesto—. Es una droga nueva. Dicen que viene de la India en contenedores de celulares.
—¿Y con los celulares qué hacen? —dice Jaime, sin entender. Parece más shockeado que la familia del convaleciente.
Tenemos seis días para convertir veinte pastillas en cinco lucas verdes. No tenemos tiempo para la culpa. Veo al hijo de Roberto batallar con una máquina expendedora, lejos del resto de la familia. Tiene un tatuaje de serpiente que recorre su cuello y se extiende por todo el brazo izquierdo. Me acerco en la silla de ruedas, que manejo con torpeza y lentitud, como cuando uso palillos chinos.
—Hay otra máquina abajo —le digo—. Una que sí funciona.
El pibe me mira con desconfianza. Mi esperanza es un prejuicio: la cantidad de tatuajes resulta proporcional a la cantidad de drogas que uno consumió. Este pibe puede ser un gran cliente. Le pido que me lleve, y obedece, agarra la silla de ruedas con naturalidad.
—Hoy es sábado —le digo en el ascensor mientras bajamos—. ¿Vas a alguna joda?
Estoy seguro de que los pibes no dicen “joda”, pero me tengo que arrimar.
—Mirá que yo no hago cosas raras —me dice, creyendo quien sabe qué.
—Nada que ver —le muestro las pastillas y me sonríe. Este idioma lo entiende.
Las puertas se abren. Recorremos planta baja hasta llegar al estacionamiento viejo de la guardia. En una esquina oscura, entre dos ambulancias rotas, pregunta en voz baja:
—¿Qué son?
—Warpi,le contesto, una mezcla entre éxtasis…
Me interrumpe el filo de una navaja en el vientre.
—Dame.
Le entrego la bolsa de naylon. Mete las pastillas en su bolsillo, excitado por la facilidad con la que Dios le hizo llegar este regalo. La suerte de uno es, casi siempre estupidez ajena.
—Ahora que me mostraste la máquina, podemos subir —dice, tranquilo, sabiendo que no puedo hacer nada.
¿Qué podría decir en la comisaría?
—Disculpe, oficial, quiero denunciar que ese menor de edad al que le intentaba vender droga me la robó. El lugar de los hechos fue un hospital público —soy un imbécil.
Subimos en silencio. No me olvido más esa sonrisita. Lo cagaría bien a trompadas, pero además de inválido, ahora soy cagón. Me deja al lado de la máquina del tercer piso y vuelve con su familia. Me quedo mirando mi reflejo en el vidrio de la mauqina, unos diez segundos.
Pienso en la clase de pendejo que me acaba de robar. Su padre está a punto de morir y él sigue pillo. Soy menos inteligente de lo que pienso, y por eso no puedo escribir las novelas que me gustan. Tampoco manipular a un adolescente drogadicto. La falta de reacción ante la muerte puede explicarse de dos maneras: o el pibe no entiende lo que es la muerte, o ya vivió demasiadas.
Me miro las piernas. Me acuerdo del accidente. Cuando alguien muere, también mueren sus particularidades: la manera de agarrar el tenedor, el sonido que hace al tener un orgasmo, el gesto al intentar recordar algo inventado. Muere su forma de escribir, su firma, el corazoncito arriba de la i. La inclinación de las palabras en una lista del súper. Los cuadros sinópticos de la facu. Las letras híbridas entre cursiva e imprenta. La i que parece j. La q que parece g. La I mayúscula que parece L minúscula.
Mueren sus garabatos en los márgenes de la hoja Rivadavia. También la letra diminuta de los formularios. Cuando alguien muere, muere su escritura.
—El nene te sacó esto —escuchde pronto y salgo de mi trance.
La bolsa de pastillas cae en mi regazo.
Es la madre del pendejo. La hormiga reina. La esposa de Roberto. No derramó una lágrima en todo el día.
—Gracias —digo, sin entender.
Me mira seria. No se va. No sé si tengo que agregar algo.
—El nene no tiene trabajo —dice.
Veo un brillo mínimo en sus ojos. No me pide un favor: está negociando.
—Necesitamos venderlo rápido. Si lo cierra esta semana, lo hacemos entrar —le digo, actuando de ese tipo que ella cree que soy, hasta convertirme. Como cuando me enamoro.
Le doy la mitad de las pastillas. Ella me estrecha la mano con fuerza.
Minutos después, llega Burbuja. Me dice que el gato me extraña. Me cuenta giladas de su laburo. Pregunta por los síntomas, no quiero hablar de eso. La misma conversación todos los días. Quiero acostarme con ella.
Antes de irme a dormir, agarro un warpi de los que quedan.
Todos tenemos en la panza un algo capaz de fabricar metáforas.
Pastizales de encuentro. El vapor que plancha seis colores. La sombra de un dibujo. El espacio entre sus labios. Dos gritos en un cuerpo. Un gapón lleno de ratas pisadas. Columnas romanas en una playa. Un bebé vivo en el fondo del oceano. Un reflejo cóncavo. El otro lado de la cuchara. El encendedor que perdí cuando tenía veinte. Una tapita. Un elástico. La soga golpeando el piso del recreo. Un papel se prende fuego. Una aguja recorre cien kilómetros. Descalza. Una moneda cae en la ranura. Transparente. Un animal se come un trapo. Tarde. La piel muerta de alguien mejor. Ahí. Ahí. De pronto se me presenta un mundo.
En este mundo somos una y a la vez dos cosas. Seres híbridos. Mezclados como dos gustos de helado en una taza. Mitad humanos, mitad serpientes.
En este mundo, cada mañana, se nos escama la cara. Nos arrancamos la piel como lagañas. Debajo del tejido arrancado, sacamos a relucir una nueva identidad. Nos vemos al espejo sin reconocernos. Cambiamos de pelo, de nariz, de color de ojos, de voz, de estatura, de peso. A veces envejecemos, a veces perdemos años. Cambiamos de todo menos de nombre. Dejamos la identidad descascarada sobre las sábanas tibias y empezamos un nuevo día convertidos en alguien totalmente diferente al que fuimos el día previo.
En este mundo, todos los días entendemos a alguien que ayer no entendíamos. A veces caminamos por la calle y de pronto, nos cruzamos a ese alguien que hemos sido el mes pasado. Sabemos donde va, de donde viene. Le dejamos nuestro lugar en la fila del supermercado porque sabemos que su padre convalece.
Comprendemos al otro, porque en general, hemos sido esa persona. Sabemos por lo que está pasando. Mañana otra persona hará lo mismo por nosotros. No hace falta ponerse en sus zapatos, ya los tuvimos puestos.
Quien hoy es docente, ayer fue alumna. Perdona el olvido de la cartulina.
Quien hoy es nieto, ayer fue abuelo. Se acuerda de llamar.
Quien hoy es partero, ayer ha sido embarazada. Quien hoy es juez, ayer ha sido criminal. Quien hoy es ministro, ayer ha sido piquetero. Y nadie olvida lo que ha sentido.
En este mundo nadie se aburre del trabajo porque cada jornada ejercemos un oficio diferente. Nadie recibe reproches de su jefe, ya que también es su primer día siendo jefe. Como todos estamos empezando, todos nos tenemos paciencia, porque todos somos nuevos en la empresa. No hay nadie que no sea novato.
En este mundo, todos los días olemos algo nuevo, probamos algo nuevo, sentimos algo nuevo. Cada amanecer se siente como el primero que hemos visto, ya que es el primero que hemos visto con los ojos que hoy nos tocan.
En este mundo, no hay parejas desgastadas por la erosión de la rutina. Todos los días somos alguien diferente y la persona que amamos también. Todos los días tenemos que empezar de cero. Enamorarnos de nuevo. Enamorar de nuevo. Solo existen las primeras citas. Prospera la industria floral.
En este mundo, mezclamos oficios sin quererlo. De esta manera, quien ayer fue arquitecto hoy es un guionista que estructura series. Estas historias no se derrumban en la segunda temporada.
Quien hoy es docente, ayer fue director de orquesta. Guía a sus alumnos como si fuesen músicos. Entendiendo que cada niño tiene instrumentos diferentes.
Quien hoy repara relojes, ayer ha sido astrónoma. Busca similitudes entre los engranajes del mecanismo horario y la contingencia del universo. Fracase o no, el día de mañana será una gran poeta.
En este mundo no somos, estamos siendo. No nos define la estación, sino la transformación. Cada uno muta de una manera única y esa cadena de transformaciones es lo que denominamos identidad. En el DNI no hay una foto, hay una película.
En este mundo, cada día es el primero porque cada día es el último. Todos los días iniciamos proyectos ambiciosos, como si viviésemos por siempre. Todas las noches bailamos como si fuese la última fiesta.
En este mundo la vida es intensa porque nuestra identidad no es hermética. Fluye. Todos seremos otro en algún momento. Nadie se desespera por escalar jerarquías piramidales. A veces ganamos. A veces perdemos. En este mundo el equilibrio existe. Solo hace falta esperar un poco más. Es innegable, no es cuestión de fé, al final, siempre hay recompensa.
A pesar de todo esto, la gran mayoría de nuestros días son dificiles, casi imposibles, desgasta mucho la innovación, pero al llegar la noche, antes de irnos a dormir, nos miramos al espejo y sonreímos, ya que mañana (es inevitable), mañana será otro día.
Me despierto en medio de la noche, agitado. Mientras miro el techo tratando de recordar cada detalle de mis sueños escucho una respiración. Me enderezo en la cama y noto la presencia de alguien que no es Burbuja. Es una mujer, en camisón, parada al lado mío, en silencio. Me muestra un alfiler lleno de sangre seca. Lo lame como si fuese un helado, hasta limpiarlo. Finalmente lo deja apoyado sobre mi pecho.
Se acerca a mi oreja y me susurra “gracias”.



el capítulo está genial pero me está despertando ganas d probar warpi.. todo mal